Iniciación a los 8,8 grados

The following is an article originally commissioned by Chile’s El Mercurio newspaper for a special segment on the February 27 earthquake. They had asked me as a foreign resident and anthropologist to write on my personal reflections on my experience of the quake that had occurred less than a week prior. In the end the story got bumped by another written by a famous Mexican author who happened to be in town at the time. These things do happen; but I like the piece and offer it up to you, uncut and unedited, with my apologies for any unwitting gringuismos, Spanglish, and grammatical faux pax.

Click on the translate button on the right to read the article in English err, make that Spanglish… Sorry, it’s a machine translator that does a decent enough job of getting the general gist across, but certainly gives human translators no cause for concern about job security.

For more on the earthquake experience in English, see:
Chile’s Earthquake: An Architect’s Perspective
Chile’s Earthquake-Santiago Aftermath (with photos)
Chile’s Earthquake–the 8.8 experience

Iniciación a los 8,8 grados
por Margaret Snook
4 de marzo de 2010

Ha sido una semana larga. Larga y complicada. Una semana de mucha reflexión. Lo que escribo hoy no es lo mismo que hubiera escrito hace cinco días. Cada amanecer me trae nuevas formas de procesar lo que ha pasado en este país, con la gente y, claro, tengo que reconocer, conmigo misma. Como extranjera, como alguien que viene de una zona libre de actividad sísmica, la experiencia me ha cambiado en formas que aún no logro precisar.

Llegué a Chile hace casi 19 años, y me han hablado de los terremotos desde el primer día. El recuerdo del sismo del 1985 aún era fresca en las mentes de los chilenos en ese entonces, y luego de los años, la sociedad se iba dividiéndose en los que lo había experimentado y los que no. Las anécdotas de dónde estaban y cómo lo pasaron salían a cada rato —muy a la manera que los estadounidenses hablamos de cómo nos enteramos de la muerte de Kennedy o donde estábamos cuando cayeron las Torres Gemelas—.

En Chile la experiencia de un terremoto verdadero —no esos remezones que registran unos meros 5 ó 6 puntos en la escala de Richter a las cuales estamos tan acostumbrados en este país— define quiénes usan los pantalones largos. Hasta el sábado pasado, yo, como extranjera, andaba con pantalones cortos aún, igual que los menores de los 25 años. Hoy me siento otra. He pasado, involuntariamente, por un rito de pasaje que me inició en un grupo que sí, conocemos de qué es capaz la Madre Tierra enfurecida.

Para hacernos claro. A mi no me pasó nada más dramático que a cualquier otro. Me siento muy afortunada que ningún cercano mío haya sufrido más que inconveniencia y daños materiales menores. Pero igual, cuando la cama salta como trampolín y el edificio gira como un juego de Fantasilandia a las 3:34 de la madrugada, algún efecto tiene.

Estábamos en la playa, con intenciones de disfrutar el último fin de semana del verano. La cama mecía. No es la primera vez que se nos ha pasado un temblorcito ahí en el octavo piso, y yo intentaba ignorarlo. Mi marido —chileno bien indoctrinado en las rabietas de la tierra— pasó de un sueño profundo a un estado de alerta total en una fracción de segundo. Gritaba que teníamos que llegar a la puerta. Yo no quería. Me daba lata levantarme y ¿para qué? Pero el movimiento no paraba; de hecho, aumentaba. Me convencía que esto sí era The Big One, él terremoto que me habían comprometido desde mi llegada al país y, pensando además en el tremendo ventanal a mi lado, no dudé más en seguirle. Tambaleamos como dos parroquianos del boliche de la esquina inventando las excusas que contarían en la casa. Nos quedamos en la entrada del departamento, mirándonos, apoyándonos. Sé que hablamos, pero no tengo idea qué decimos.

Lo curioso es que no me acuerdo del sonido. Sé que debiera haber sido atronador; ¿cómo no? Me han dicho que la tierra trona mientras agita los edificios por todas direcciones. Sé que las puertas abrieron solas para luego darse unos tremendos portazos, que la loza se traqueteaba, las copas de cristal tintineaban antes de volar de sus estantes, las ventanas protestaban sus marcos y los muebles hicieron pataletas, tirándose al suelo como niños malcriados. Sé que pasó todo eso, pero se me ha borrado de la memoria. Veía fijadamente a los ojos de mi marido y agarrábamos el marco de la puerta.

Llegó un momento de calma por fin. Un hijo llamó de Reñaca. Estaban bien. Mi marido llamó a sus papás en Santiago, pero ya no hubo señal celular, pero Twitter sí funcionaba. Mandé un tweet a las 3:43: “Terremoto FUERTE en Concón…did you feel it?” y vi otros haciendo lo mismo desde Santiago, Casablanca, Curicó y Santa Cruz. Sabía que no estábamos solos. Envié otro preguntando por el epicentro, daños, magnitud, la gente, pero nunca recibí respuesta; en ese instante se cayó—y calló—nuestra conexión con el mundo.

Bajamos del edificio, entre réplicas, los ocho pisos, llegando abajo tan aturdidos como los vecinos. Todos bien. Todos agarrando sus ya inútiles celulares en su desesperación por saber de los suyos. Algunos subieron sus autos y volvieron rápidos a Santiago. Imaginé el viaje aterrador que les esperaba, entre cerros, curvas, puentes, túneles, oscuridad y seguras réplicas por venir. No. Nosotros nos quedaríamos ahí mismo hasta la mañana.

Escuchamos la radio en el auto —estaban transmitiendo aún del Festival de Viña— y supimos de a poco que el epicentro estuvo entre Concepción (¿cómo estará la tía?) y Maule (¿y qué de mis amigos viñateros?). Pensamos en mis suegros en Santiago, y en mi familia en Estados Unidos, los que luego escucharían las noticias, y sentí la frustración de no tener cómo comunicarme para calmarlos.

Intentaba una tras otra vez de enviar un mail a mi hija por Blackberry. Nada. Después supe que ella recordó que justo la semana anterior yo había defendido a Twitter como una manera de comunicar rápido y —como son las cosas— ¡había planteado el ejemplo de un terremoto como uso legítimo de esos 140 caracteres! Se inscribió en Twitter esa mañana del 27 de febrero y vio mis tweets. Se tranquilizó con que yo había salido por el otro lado y estaba preguntando por los demás. Más tarde actualizaba su estatus de Facebook con: “Por fin, Twitter sirve de algo”.

Por fin logramos comunicarnos con Santiago y supimos que todos estaban bien. Por las vecinas sabíamos que nuestro departamento seguía intacto y que ellas ya estaban viendo las noticias en la tele ¡solo horas después de uno de los sismos más fuertes de la historia del mundo! Qué país en que vivimos. “Esto no es ningún Haití”, pensé. Nueva York tampoco. Si esto hubiera pasado en Manhattan, habría sido una tragedia de dimensiones incomprensibles en cuanto a pérdidas de vidas humanas. Claro que se cayeron puentes y edificios, pero ¿en qué parte del mundo NO habría pasado lo mismo? A los 8,8 grados, lo importante es pensar en todo lo que NO cayó. Y eso es algo para estar bien agradecido.

Reconozco que he pasado por varias etapas de reflexión en estos pocos días. Partí con una alza de adrenalina de haber vivido esto, a pasar la lista de familiares (presentes), amigos (presentes), vecinos, conocidos y colegas, todos presentes, todos bien. Luego una etapa de querer saber de la ciudad. Salimos con mi suegro para inspeccionar unas propiedades cerca del Barrio Yungay y así entendíamos que no todos tuviéramos la misma suerte. Había gente durmiendo en las plazas, asustados de entrar a sus casas. Otros sin casas para entrar. Vi una señora barriendo la entrada de lo que era su casa a un costado de la Basílica del Salvador. No quedó nada más que la fachada. Y estaba barriendo, sonriente y dando gracias a Dios que ella y su marido quedaron atrapados pero salvos en lo que una vez era una casa. Barriendo. Y sentí que me traspasó un poco de su estado de shock. (Ver la historia y fotos aquí: Chile’s Earthquake-Santiago Aftermath).

Vimos las noticias, las que de a poco comenzaron a mostrar las dimensiones reales de la tragedia en el sur, en Concepción, en Maule, en Juan Fernández. Era espantoso, pero podría haber sido tanto peor. Y eso se debe a la cultura chilena, una cultura en la cual nadie alcanza la adultez sin experimentar un terremoto fuerte. De haber escuchado desde niño como reaccionar, de tener códigos de construcción que obligan la incorporación de técnicas y tecnologías antisísmicas.

Lo peor de todo, sin embargo, ha sido ver el nivel de maldad humana que esto se ha provocado en ciertos sectores. La naturaleza no se puede culpar. No es ni buena ni mala; simplemente es —pero el ser humano tiene opciones—. Al ver los saqueos, los robos descarados, los incendios sin sentidos que obligaron a los bomberos apagarlos con la poca agua que había, mientras otros quedaron con sed, me produjo una tristeza profunda. ¿Dónde está en eso la solidaridad de que los chilenos tanto les gusta hablar? Por supuesto que se trata de unos pocos que dejan una mala imagen de todos los demás, pero me dolió verlo. Me apretó el estómogo y me llegó un bajoneo fuerte.

Como todos, he estado pensando mucho en los eventos de esta última semana. Pero quizás como extranjera —y antropóloga— mi manera de procesarlo es distinta. Hace un año escribí (ver “Earthquake? Waiting for the Big One“), después de un temblor fuerte, comentando que lo que hacen tan preocupantes los terremotos es su naturaleza absolutamente impredecible. Todos los otros desastres naturales—huracanes, ciclones, erupciones volcánicas, tornados y hasta tsunamis dan algún tipo de aviso previo. Pero los terremotos siempre te tomarán por sorpresa. Un minuto estás viviendo tu vida y la próxima la mismísima tierra debajo tus pies convulsiona y pueda dejar todo en el suelo —o no— simplemente no hay cómo saber cuándo vendrá El Grande.

Me pregunté en esa nota del blog cuál efecto tendrá en la cultura, esta permanente convivencia con una naturaleza media esquizofrénica que te da con una mano y que te golpea con la otra. Se me ocurrió que podría tener influencia en esa tendencia generalizada de hacer planes de corto plazo en vez de pensar en un futuro distante, de parchar en vez de arreglar, de gastar y consumir con abandono, razonando que “pero podemos morir mañana” en vez de prescindir de un placer inmediato para guardar para otro uso o momento más adecuado. No es fácil pensar en el más adelante cuando sabes que en menos de tres minutos, todo en tu alrededor —tanto material como humano— puede estar en el suelo.

Son generalizaciones, lo sé. Por supuesto que hay muchos otros factores involucrados en la formación de un rasgo cultural, pero no puedo sino pensar que algún efecto tiene el no saber si ese pequeño remezón de la Madre Tierra chilena que tan a menudo nos mece la cuna va a enrabiarse y dar vuelta al mundo.

Hasta ahora siempre he pensado en la Madre Tierra como un concepto benevolente. Especialmente aquí en este país agrícola, productor de frutas, verduras y el maravilloso vino que hace tanto renombre en el extranjero. Pero ahora, no puedo evitar pensar también en Kali, la diosa hindú de la energía, la figura materna y de la destrucción a la vez. Es la mano que da y la que destruye. La mano dura que nos obliga a veces comenzar todo de nuevo, que junto con tanta miseria, viene no solo la necesidad, sino la oportunidad, de construir de nuevo y de hacerlo mejor. Y esto es lo que Chile hará ahora. Volverá más fuerte que nunca.
De eso estoy segura.

11 responses to “Iniciación a los 8,8 grados

  1. Qué notable manera de ponerlo, “…pero podemos morir mañana…” Eso definitivamente está presente en la forma de pensar de los chilenos, pero no en una forma irresponsable, o por falta de compromiso, si no por que siempre pende sobre nosotros cual espada de Damocles, la posibilidad de perderlo todo en un minuto. Hasta ahora no había pensado que los frecuentes terremotos hubieran sido responsables de eso. Da bastante qué pensar.

  2. Hola Marmo- es para pensar… cuando lo escribí hace un año, personas de California me decían que nada que ver, pero ahora, en luz de todo lo que ha pasado con el terremoto, vuelvo a preguntarme de nuevo cuánto efecto tiene en la psicología y cultura chilena.
    Yo tampoco lo pienso en terminos de irresponsibilidad, sino que en un afan de aprovechar al máximo lo que está a mano hoy, porque no hay garantía que lo tendrás mañana.

  3. Habiendo estado fuera por este momento tan clave de la historia de un pueblo un país, uso aún los pantalones cortos, y me siento inocente y muy agradecida de haberlo perdido. Sigo leyendo las experiencias de todos ya que siento que es la única manera de llegar cerca a lo que sintieron, y lo que logré no sentir.

    Agrego tu historia a lo que leo que me hace llegar mas cerca al inalcanzable meta de entender. Gracias.

  4. Sí, parece raro que no estabas y viendo las fotos de como quedó tu depto, entiendo tu agradecimiento de no haber estado!
    Pocos días después fui a una reunión de un grupo en el cual somos tres extranjeros de largo plazo (15 años para arriba) y todos los chilenos nos felicitaron por haber logrado sobrevivir nuestro primer terremoto y decían que “Ahora son realmente chilenos! Ahora pueden entender cómo pensamos!” Y sí, de veras me siento otra.

  5. Qué artículo más hermoso, Peg. Te felicito!

  6. Ai, linda…¡ gracias Annje!

  7. This has nothing to do with this post, but i thought id enlighten you with a few things ive learned about chile. Chilanos are always late. They are terrible at making commitments. they work long hours, but not very hard.

  8. Hi Whitney-
    You’re right, this doesn’t really have anything to do with this post–although it might fit with some of the others. Sorry you feel so categorical about Chileans. In truth, I’ve found that SOME Chileans are always late, some have problems with commitments, and some don’t work very hard. I’ve found the same thing in other cultures as well… The problem is in making sweeping generalizations.
    And what this blog is pretty much about is trying to understand those characteristics that pop up and figure out how much we ourselves contribute to the impasse (not understanding certain clues about whether a commitment is a real commitment or not, for example)…
    I hope you’ll keep clicking around at some of the other posts and see what you think…

  9. Pingback: Blogger Tag and My Seven (Just Seven?) Links | Cachando Chile: Reflections on Chilean Culture

  10. Beautiful post, Margaret. Congratulations on your Spanish! You seem to have reached the stage when you think in Spanish as much as in English…

  11. Muchas Gracias Raúl! After 20 years here (and married to someone who doesn’t speak English), I can defend myself pretty well in Spanish!
    Glad you liked the post… it came from the heart.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s